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El ministerio de las flores
LORENZO SUBIÓ LOS ÚLTIMOS escalones del metro y se encontró en una ciudad de fantasmas. Por segunda vez en esa semana las luces de la calle habían fallado, de manera que los ciudadanos, desanimados y apagados ya por costumbre, formaban una masa cambiante de sombras en la lúgubre avenida. Por instinto, se llevó la mano al bolsillo para proteger la billetera y se dispuso a emprender el camino a casa.
Nada más entrar en el ajetreo, tropezó con un adoquín que sobresalía y se dio un golpe tan fuerte que lo detuvo en seco. No tuvo ni tiempo de articular la maldición que iba a salir de su boca: un empujón involuntario por la espalda lo hizo tropezar con un semáforo que cambió a rojo, provocando el chirrido agonizante de los frenos de los vehículos obligados a detenerse. Durante un largo y confuso momento, a Lorenzo le pareció que algo se esperaba de él. Mientras recuperaba la compostura, se fijó en un puesto de flores, uno de los muchos que ocupaban las calles entrelazadas de la ciudad, tan universales como anónimos, al igual que los quioscos de prensa o de lotería. El vendedor, que se servía de un termo azul, cruzó brevemente la mirada con Lorenzo antes de desviar los ojos. Colocó el termo en una mesita y se frotó la frente con la palma de la mano, en señal de cansancio o de dolor de cabeza. —¿Volviste ya? —preguntó su mujer, que estaba frotando la mancha de una falda que tenía sobre el regazo, al oírlo subir la escalera del apartamento. —A la misma hora de siempre —respondió Lorenzo, pero dudando de si se habría olvidado de algo de camino a casa: recoger algún aparato averiado, hacer una compra, pagar un recibo… —Hoy en la radio no paraban de hablar de las quiebras. Hay gente que está haciendo horas extra gratis para no ser los primeros en caer cuando haya recortes de personal. |
—En la oficina están contentos conmigo —afirmó Lorenzo. Entró en la cocina para hacerse un té—. ¿Dónde están las cerillas?
—Delante de sus narices, señor. Si pierdes el trabajo, será porque no sabes dónde lo dejaste. Pati volvió a restregar la mancha e hizo un esfuerzo por calmarse y no seguir tomándole el pelo a su marido. Pero que la hubiera sorprendido en bragas, aparte de la sensación que se le venía encima la regla, la había puesto nerviosa. Mientras esperaba que el agua hirviera, Lorenzo se miró el zapato del pie con el que había tropezado. Un dedo lo acusaba por un pequeño agujero. Ella tenía razón sobre los recortes de personal. Si perdiese su trabajo, no habría zapatos nuevos, y los necesitaba para bailar. —¿Buscamos un baile esta noche? —preguntó. —¿Contigo? ¿Estás bromeando? Cuando asomó la cabeza por la sala de estar, su mujer estaba con los ojos desorbitados. —¿Qué quieres decir con eso? —Quiero decir que claro que vamos a ir a bailar, tonto. ¿Por qué crees que estoy arreglando esta falda? —Pati sostenía un cigarrillo sin encender entre los dedos—. Enzo, es lo único que nos queda. De verdad, los hombres ya no tenéis sentido del humor. Susana dice lo mismo de Daniel. Se dedica exclusivamente a la pereza y a engordar. —Daniel está enfermo. Tiene diabetes. Le deprime. Afecta su movilidad. —¡Ala! Lo que debe sufrir cada vez que se arrastra al bar para ver el fútbol. Susana tiene una teoría: cuando las chicas van al colegio, les enseñan a hacer cosas, y cuando van los chicos, les enseñan a ingeniárselas para no hacer nada durante el resto de su vida. —¿Qué hay que hacer que sea tan importante? .... |